
Todo el éxtasis de mi pensar profundo
se fija en el antiguo vidrio de una ventana sibilina,
aquella de mi modesta habitación.
Por ella atisbo como mi lágrima se confunde
con esa gota de lluvia que humedece
y en otras golpea el gastado cristal,
con un desparpajo arbitrario.
Es esa misma intrusa y cruel humedad
que se filtra por los casi imaginarios poros
de un tejado vetusto y también histórico.
Un tejado desprovisto de canaletas
y constelado de agujeros casi etéreos
del que no logro arrancarle la magia,
esa magia incógnita que mezclo
a tan promiscuos recuerdos
de un antaño tan presente.
Surge el frío y con el calor que habito
el vidrio se condensa; entonces,
maquinalmente, escribo un nombre,
una frase, tal vez un llanto sin onomatopeya y,
sin avisar se hace eco el fantasma del hambre.
De pronto como un milagro
infla el pecho la esperanza,
una cebolla espera en mi escuálida despensa;
con ella voy a calmar mi rabia.
Me apartó de la ventana, la imaginaria realidad
se ha hecho humo, sal y agua,
es la sopa que nutre mi rabia.
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