
SUEÑO I
Me acuerdo de las tardes en que viajaba al país de mis travesuras. En largas caminatas, perseguía, en el impúber tiempo, mariposas, culebras, arañas y crisantemos, y recogía hojas secas para escribir el otoño en mis cuadernos. Ya más tarde, mis persecuciones se volvieron fantásticas y anduve montando alazanes indomables y recorriendo las praderas infinitas de mi ya fértil imaginación en chúcaras escobas.
Estos potros colosales, prehistóricos y matinales servirían, en la tarde, para barrer del patio la tierra que siempre volvía y las huellas que mi vida dejaba en aquellos rincones.
Aprendí que el tiempo es un relámpago que inexorablemente multiplica la velocidad conque se olvida la aspereza simultánea de la vida y se va inventando esa historia de melodías incomprensibles en donde el pasado justifica su buenaventura.
Así, sin darme cuenta, había cambiado mis corceles barredores, mi sombrero cow-boy y mis pistolas de palo por: columpios de flores; por bicicletas bruñidas de esperanzas; por cuadernos bajo el brazo y por camisas con corbata para esperar la tarde.
De pronto la inquietud romántica empezó a horadar mis fantasías juveniles y sentí latir desmesuradamente mi corazón cada vez que me encontraba pegado a tus ojos, a tus labios, a tu voz. Tiempos de la primera erección y esa misteriosa mano femenina que vino a sosegar con romántica suavidad el primer incendio masculino. ¡Dios mío! seré torturado, excomulgado, lo que yo sentí como grandioso placer, para todos los demás, en mis primeros años, era mortal pecado.
SUEÑO II
Soy mil ojos, mil oídos. Voy atento a todo, cruzando vertiginosas aguas, fabulosas montañas y fatigas. Privilegiado, por momentos: dueño único de las estrellas. Mis locas escrituras, el don más grande de mi vida después de mi vida. Con ellas puedo reconstruir, como el primer día; el agua y el fuego.
Crear mariposas, llorar tristezas infinitas, o acaso puedo, encender la nieve con fósforos de barro; dibujar la nada, sentir que me quieres y esconderme en un júbilo inmenso de noche y también de sombras. Salir al encuentro de las piedras, pintar los cerros, rezar los muertos, sentir tus besos.
Puedo................, puedo, dejar que la matemática roedora se lleve el insolente tiempo. Sentir que mi corazón tiene una ventana abierta para escuchar tus pasos, cuando vuelvas. Sentarme al arco del tiempo y hervir estoico el odio de diabólicos y fatídicos alcahuetes. Encontrarme a tu mirada simultánea con mi llanto de campana. Puedo, también, ir quemando nubes por el cielo transitorio y pasear con un bolsón de esperanzas bajo el brazo.
Pensar, que en los intervalos del silencio, el amor no es más que el sueño de una princesa amapola que un día, dejó el sabor de sus pechos en mi almohada. Y mientras dure el suplicio de su ausencia, intentaré juntar las mañanas que me odian y por la tarde, como todas las tardes, cantaré tu nombre.
SUEÑO III
De pronto me pareció, que al encaramarme al muro que separaba, la que fue mi casa, me encontraría, irremediablemente, frente a frente a mi anterior destino y que el aroma de mi madre me penetraría el alma y quién sabe si me vería jugando en mi propio jardín......, aquella inolvidable y hoy pasajera infancia. Sin embargo, no quise entorpecer, con mi curiosidad, la pasada belleza de tan noble pasado y desistí, casi llorando, de gritar ¡mamáaaa! para saber que no estaba soñando. Al tiempo, creí sentir al piano, suaves melodías de aquellas, que en pasados tiempos interpretaba, Carlos, mi hermano, melancólicos acordes de los meses del invierno y también del verano, que agradecían que guardara esa tierna intimidad de antaño. ¡Papáa!, llamé en silencio y una lágrima, como sublime respuesta, vino a humedecer mi rostro.
Volví mi atención al carbón para separar mi alma de esa dulce sensación de sueños evocados de mi infancia........y vi a Morales revolver recuerdos en carbones de colores alumbrados por el fuego; a Gómez pensando con la esperanza de administrar el cielo y vi al Urense, entretenido jugando al jovencito en caballitos alazanes por potreros del mañana. Mamá Rosa repasando fantasías y vistiendo una y mil princesas prisioneras de belleza en poemas de mil noches. Volvieron mis candelabros de cobre, envueltos de mil cerotes. Lola parecía agradecer este encuentro, con su franca risa, bendecía, casi sin saber, lo que allí estaba ocurriendo.
Todo me parecía un cuento envuelto en papeles traviesos, cometas de los niños jugando por el cielo y fue sueño o fue cierto, un día del tiempo yo estuve en medio del más hermoso de mis conciertos, concierto de amigos, concierto de camaradas viejos, concierto del mundo que grita en silencio — ¡Frenen el ímpetu del misterioso viento que se lleva con nuestras vidas estos recuerdos sagrados, y tan buenos recuerdos!—
Mi sueño se transforma luego, en melodiosa realidad y sentí cantar boleros, poesías de verdad, acordeones en las hojas y tangos de mi edad. Desfilaron por entonces mil recuerdos y muchas voces de secretos infantiles y de goces sin final.
SUEÑO IV
En mis manos un bote de papel pronto a levantar el ancla de mis sueños. La zuela de mis zapatos se deja acariciar por el murmullo del agua del río San Lorenzo. Enormes bloques de hielo impiden depositar mis sueños en sus aguas. Entonces lo estrecho contra mi pecho y le prometo volver en primavera. Entre tanto busco en la rivera la silenciosa compañía de las piedras, queriendo impregnar mi corazón de su magnífica dureza. —De joven— les digo; — fuiste la primera arma de mis batallas de niño.
De joven busqué justicia lanzándote contra los vidrios sociales que dividían el alma del hombre, mientras de niño te encontraba dura, fría, inerte; de joven fuiste amiga de mi esperanza. Hoy, ya ves, vuelvo mis ojos a tu sepulcral silencio y me agrego a la plegaria que eleváis mirando el cielo. No quiero que mis penas se vuelvan piedras. Quiero, sin embargo, que mi alma se libere de tristezas. Por eso mi barco es de papel y mis sueños blandos y transparentes como el agua.
Al final de la vida no quiero una piedra con mi nombre, quiero mejor un bote de papel—
UNA PESADILLA
Es posible que este momento no sea que un sueño postergado de mi paso por la vida. No pretendo ya nada, todo lo he comprendido, sin embargo haré esfuerzos inhumanos, necesarios, para admitirlo todo, sin rabias, sin celos, sin pensamientos que puedan perturbar el recuerdo tuyo, recuerdo tan mío. Ya no puedo prometerte nada, ya que nunca tuve nada que ofrecerte que pudiera agradarte. Gracias por la oportunidad, gracias por los momentos compartidos, gracias sobre todo, por los hijos. Es verdad, te prometí mis sueños y tu quisiste convertirlos en realidad, claro no podías saber que una vez realidad los sueños dejan de ser sueños.
Creí que pudiste ser feliz a lo menos un segundo junto a mí. Me equivoqué o tal vez me equivoco. Yo sin embargo, a pesar de todo lo que me has reclamado en este último tiempo, no quise jamás hacerte daño y a pesar de repetidas ausencias que jamás comprenderé, fui por momentos inmensamente feliz, sobre todo en momentos que me llamabas Pepo. No supe llegar a tu corazón, puede tener razón tu hermana, tal vez, porque nunca lo abriste sincero para mí. No era a ella que debiste confiarle tamaño secreto.
Ahora que siento que te alejan para siempre de mí y de los hijos, quiero que sepas: no, no han ganado y que ni siquiera merecen mis odios. Lo siento sinceramente por tí. Un día, no muy lejano recuerda, se acabará la fiesta y no habrá tragos, ni cigarrillos, ni bailarines ni tan buenos amigos. Quedarán sin embargo silencios, luego del último portazo que sonará de golpe en un pedazo de tu alma. Y de seguro preguntarás por tus hermanos.
En mi carrera indecisa, en mis excesivos deseos, me persiguen tus manos imprecisas, tus ojos inmediatos y tu carnal sonrisa. Me dejo atrapar, lo sé y, con voluntad, acaso de acero, te hundo en mis sueños de cristal y te mezcló a mis anhelos; puros e impuros. ¡Dios mío! qué suerte de locura. Si el cristal se quiebra, despertaré sobresaltado de gitanos presentimientos. Los sueños soberanos se escaparán por las riberas infinitas y seguirá mi alma dibujando tu pelo, tus cristalinos ojos y jugando como un niño que pasea por las haciendas de Dios de la mano de María. (Mélina 18-9-96)
Estoy detenido. No atino a reconocer las esquinas que me aprisionan.
Las alamedas, por donde yo echaba a correr mis fantasías, no son las mismas.
Los cerros, por estos parajes extraños, se asoman uno uno, casi con temor de niños y no se reúnen en aquellos enormes sindicatos, suerte de ecos infinitos de alabanzas, por donde es fácil enviarle un mensaje o entonar una plegaria al patrón de los cielos.
¿Miedo? No, no creo, más bien estoy perdido y si me detuve, no es por temor.
Tengo una fatiga enorme. Quisiera, entonces, dejarme conducir más allá del entendimiento.
Debo preparar mis valijas llevarlas al andén de mi partida y huir en un filamento de luz camino de las estrellas.
© Monsieur James